Con Raíces Profundas

Desde pequeña sentí una pasión profunda por los animales y las plantas, una necesidad casi instintiva de proteger la naturaleza que nadie a mi alrededor lograba comprender del todo. Mientras otros miraban sin ver, yo percibía la vida latiendo en cada ser, y algo en mi interior me impulsaba a cuidar, a resguardar, a sostener.
Con el paso de los años, ese mundo interior comenzó a expandirse. En 2015 encontré refugio en el yoga, un espacio de silencio y presencia donde pude empezar a escucharme con mayor claridad. Fue allí donde comprendí que mi sensibilidad no era una carga, sino un lenguaje.
Mis abuelas supieron verlo antes que yo. Mi abuela paterna sufría dolores frecuentes, y sin pensarlo colocaba mis manos sobre ella para aliviarla. Lo hacía de forma inconsciente, natural. Ella solía decir que tenía manos sanadoras, palabras que en aquel momento no entendí, pero que el tiempo se encargó de revelar. La vida, como un hilo invisible, comenzó a ponerme en situaciones similares: personas desconocidas que necesitaban ayuda, cuidado o contención. Y yo, sin dudarlo, siempre me ofrecía.
Mi abuela materna, por su parte, alimentaba ese misterio con pequeños rituales. Cada cierto tiempo me regalaba amuletos, piedras, escritos de yoga y significados de un camino que aún estaba por descubrir. Eran semillas que quedaban guardadas, esperando su momento para florecer.
Con los años, todo aquello me llevó a profundizar en el yoga y la meditación, no solo como prácticas, sino como respuestas a mis propias inquietudes. Decidí formarme en quiromasaje y en otras terapias de masajes holísticos. Con cada nueva herramienta, mi sensibilidad y mi claridad se expandían aún más: el despertar de la conciencia dio paso a una intuición cada vez más presente y afinada.
Aprendí a mirar cada vivencia como una maestra en mi propia senda, un camino de descubrimiento constante, colmado de sabiduría. En esa búsqueda interior comenzó a despertar en mí un profundo interés por la energía y por las contradicciones cotidianas del ser humano. Quise comprenderlas, integrarlas, sanarlas. Así fue como me formé en Reiki, Radiestesia y Sanación Cuántica, abordando los tres ejes del ser: el físico, el energético y el espiritual.
Fue un nuevo universo por explorar, un compromiso con la sanación propia y con la de los demás: personas, animales y plantas, tanto de forma presencial como a distancia. Entendí que todo está conectado, que no existen límites cuando la intención nace del corazón.
Hoy, mi pasión como terapeuta de sanación es acompañar a las personas a sanar su linaje, a encontrar la calma en su ser interno y a tomar conciencia del aquí y el ahora, del único tiempo real: el presente.
Porque la salida no está afuera. La salida es el espiral que habita dentro de tu corazón. Ahí se encuentra la respuesta a todas tus preguntas.
“Cuando las raíces son profundas, no hay razón para temer al viento “.


